Por KARLA NAYIBE FLOREZ MENDOZA
El principal objetivo de
este escrito es presentar mi visión sobre lo que significa ser madre soltera, a
partir de la historia de vida de mi madre. Ser madre soltera es un fenómeno que
deben afrontar las mujeres en esta sociedad, sin embargo, desde mi punto de
vista se trata de mujeres guerreras que han tenido que afrontar la vida de una
manera heroica, en una sociedad que aún vive del qué dirán y de la visión que
imponen los machos.
De este objetivo se
desprende la posibilidad de hacer un homenaje a aquellas mujeres valientes, que
están en ésta situación. A largo plazo el proyecto se dirige a exigir que se mejoren las condiciones
de vida de las mujeres que son madres solteras, y de esta manera proponerles a
las mujeres que piensen en el concepto de autonomía al margen de lo que impone
una tradición que no encaja con la realidad de mujer.
Yo quise hacer mi
escrito pensando en mi madre porque ella es una madre soltera como muchas, que
han dejado su pasado y quieren vivir su presente; algunas personas piensan que
en el pasado está la historia del futuro, pero yo quiero hacerles saber que
esto no tiene por qué ser así.

A pesar de que sus
padres no tenían muchas cosas para ofrecerles, ella dice que era feliz. No tuvo
adolescencia, ya que a sus padres no les gustaba que tuviera amigos ni amigas,
porque su puesto como mujer estaba en la casa y no en la calle.
A los veintitrés años, se
casó con Plinio Flórez Moreno; cuando se fue de la casa incitada por su marido,
quien le dijo que se escaparan para que pudieran conformar una familia en
Boyacá, ella aceptó porque estaba enamorada; llegaron a vivir a La Trinidad
donde un familiar. Irse de la casa de sus padres fue duro; viviendo con Plinio no
podía salir si él no estaba ya que no podía dejar a sus hijas solas.
A los veintiséis años
tuvo a su primer hija, Andrea Camila Flórez Mendoza, y a los veintisiete años
empezó a trabajar como empleada de servicio; duró cinco años trabajando hasta
que se enteró que estaba embarazada de su segunda hija Katherine Flórez Mendoza;
para esos días, vivían en Chía-Cundinamarca con un familiar; cuatro años
después, cuando ella tenía treintaicinco años, tuvo a su ultima hija Karla
Nayibe Flórez Mendoza.

Pero mi madre a pesar de
que no tiene muchas cosas para ofrecernos es una mujer que ha luchado para
conseguir lo que tiene ahora; es una verraca que no se deja derrumbar por cosas
como estas; ella sabe lo que quiere; sueña y anhela cosas para su vida y para
las de nosotras.
Mi madre es para mí una
inspiración, es mi orgullo, es un ejemplo a seguir; es una mujer que se cansó y
no quiso seguir más como un objeto, porque las mujeres no nacimos para cocinar,
lavar, planchar, y servirle a un hombre que al fin de cuentas nunca va a saber
valorar lo que tuvo.
¿Alguien se ha
preguntado qué es lo que quieren las madres soteras? Quizá solamente quieren un
poco de justicia y encontrar alguna solución a sus problemas; estas mujeres que
han sido silenciadas criticadas y hasta juzgadas por la sociedad que aún vive
de contradicciones y del prototipo de familia impuesto por la Iglesia, sólo
quieren respeto y oportunidades. Ellas muestran que una familia no solo se
conforma de mamá, papá e hijos.
La historia de mi madre
es la historia de una mujer que hizo lo que su corazón le decía a gritos:
sepárese, y lo hizo sin importar lo que dijera la gente porque como ella dice:
“siempre seré dueña de mis emociones, si me siento deprimida cantaré, si me
siento triste reiré. Si me siento enferma, redoblaré mi trabajo, si siento
miedo me lanzaré adelante, porque no me importa lo que diga la gente;
simplemente soy lo que soy y nada ni
nadie me hará cambiar”.
Mi madre es una mujer
que nos sacó adelante sola; nos educó, nos inculcó valores porque mi padre es
un hombre cobarde, porque desde que se separaron mis padres, él no quiso saber
nada de nosotras, pensó que se había liberado de sus responsabilidades.
Mi madre una vez me dijo
que la vida es de ella pero que su corazón es de su familia, y que la sonrisa
es de ella, pero que el motivo de su risa son sus hijas. Y para mí es
impresionante saber que una madre es capaz de dar la vida por un hijo.
Pero yo que soy mujer
quiero cuestionar la precaria forma de pensar de algunos hombres y mujeres que
piensan que la mujer es inferior al hombre, o según la cual la mujer es lo que
el hombre quiere que sea.
Esta lucha aún no ha
terminado, desgraciadamente, existen hombres que no reconocen las capacidades y
derechos de la mujer, incluso hay hombres que consideran a la mujer un ser
humano con capacidades inferiores a las del hombre, y lo más trágico es que hay
mujeres que piensan de la misma forma.
Ser madre soltera, nunca
debe ser un obstáculo para superarse, se debe seguir caminando por la vida con
la frente muy en alto; se deben derrumbar los prejuicios de la gente que les
llaman a sus hijos “ilegítimos”; esto es mentira porque ellas los han
legitimado con amor genuino, tierno, puro, luchador e incondicional.
Es tan injusto que a la
mujer se le menosprecie por el solo
hecho de ser mujer; qué ridículo pensar que un hombre es más capaz que una
mujer. Somos humanos con pequeños rasgos que nos hacen diferentes.
Hoy en día mi madre es
una mujer independiente, es una señora muy luchadora, tiene una tienda y vive
con dos de sus hijas; ahora cree muy pocas veces haber sido feliz, pero para
serlo es una mujer que dejó su pasado donde debe estar.
Su mente y su corazón
son vulnerables al dolor, y esto tal vez la ha hecho tan fuerte porque una vez
me dijo: “la vida nos enseña a vivir”. Por eso digo que a veces recordar no es
vivir, porque hay recuerdos que es mejor dejarlos atrás, perdidos en la
memoria, porque sino las heridas del pasado continuarán abiertas y sin
cicatrizar.
Mi madre, y en general
todas las mujeres, son mujeres sin historia, y como dijo Silvio Rodríguez las
personas sin historia son la historia.
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