PEDICULUS HUMANUS CAPITIS
Por Pablo
Guerrero
Ya hace unos cuantos
días, mi esposa y yo, llegamos a nuestro nuevo hogar. Desde aquí vemos aquel
enorme, extraño y lejano mundo desde un punto diferente… bueno, cuando alguno de
nosotros se detiene siquiera a observarlo un poco.

He vivido en tierras
diferentes, en todas ellas se levantan miles de majestuosos troncos siempre de
un mismo color. Me gustan los que tienen un tono amarillo oscuro, como en mi
último hogar; cuando me subo a lo alto de alguno de ellos, el atardecer se ve
simplemente majestuoso. En todas las tierras que conozco, existen bosques, como
suelo llamarlos, donde los troncos empiezan a juntarse y entrelazarse más o
menos a una altura de 10 metros desde el suelo. Es muy difícil que los troncos
vuelvan a quedar sueltos, lo que los hace un lugar ideal para instalar las casas
y criar a nuestros retoños. Los suelos nos brindan todo el alimento que
necesitamos.
Hasta ahí mi vida parece
perfecta, ¿verdad?Pues es una lástima tener que negar tan anhelada afirmación.Aquí
están las razones: he visto impotente cómo enormes monstruos con muchos brazos fuertes,
macizos y poderosos como tentáculos,se llevan a mis indefensos hijos destruyendo
los bosques y dejándonos a mí y a mi esposa solos y destrozados; obligados a
comenzar esa complicada y a veces mortal travesía hacia un nuevo y peligroso
mundo.Además, en unas cuantas ocasiones, he escapado con suerte del terrorífico
momento en que los fuertes troncos de mi tierra son cortados sin piedad por
cuchillos gigantes y filosos como traídos del infierno. ¡Una verdadera
pesadilla!
Todo eso me ha enseñado
a respetar mi territorio. Así que desde hace tiempo sin importar donde vivamos,
mi familia y yo tratamos de hacer el menor daño posible. Llegamos a la conclusión de que así nuestro mundo no va a querer matarnos.
Aún siento un gran cariño por el terreno que
acabo de dejar, pero seguramente el dejó de existir. Para hacerme entender, voy
a empezar a contar la historia de mi último cambio de casa, ojalá termine antes
de que me vuelva a tocar.
Como dije, aquella
tierra era hermosa y los bosques estaban como recién hechos. Mi esposa y yo
disfrutábamos al máximo la comodidad del lugar.Había suficiente comida como
para muchos de nosotros, así que al ver las ventajas, decidimos tener hijos.
Pero nos dejamos llevar por la emoción y en menos de un mes ya teníamos
alrededor de 20 o 30 bebés. ¡Que vergüenza no recordar el número exacto! Pero bueno,
así como había familia en abundancia, había alimento y vivienda, ¡era perfecto!
Me gustaba recorrer
todos los campos y descubrí que si caminaba en línea recta,a través de los
troncos,por el sendero correcto, desde mi casa, volvería al mismo lugar, y que
los troncos solo crecían hasta cierto límite, pero nunca me atreví a cruzarlo.
Algo verdaderamente extraño pero que me enamoró de aquel terruño.
A medida que pasaba el
tiempo, yo conocía más a fondo mi tierra, a tal punto que a pesar de los
abundantes troncos, sabía exactamente en qué lugar estaba; y para regresar a
casa más temprano, después de buscar la comida, usaba atajos que yo mismo
trazaba.
Al conocer tanto mi mundo,
empecé a descubrir cosas donde antes no estaban. Recuerdo haber encontrado
algunas veces pequeñas montañas usualmente manchadas por nuestro alimento, el
delicioso líquido que nace del suelo, sin el cual no podríamos vivir.
Yo me sentía cada vez
mejor estando allí. Todo transcurría muy rápido, mis hijos crecían, y cada vez
había más y más que hacer para mantener esa gran familia. Además no es nada
fácil criar bien a tantos niños. Siempre les enseñé el valor de nuestra tierra y
estoy seguro que ellos la amaban también. El tiempo transcurrió tan a prisa que
apenas me di cuenta de que algunos de mis hijos mayores ya se habían ido a
hacer sus vidas. Quedábamos mi esposa, mis pequeños y yo.
¡Ah que días tan bellos!…
Bueno, no quiero salirme
de la historia de mi reciente mudanza. Así es, yo estaba notando cosas extrañas
en mi tierra. Cosas que no lograba ignorar, pero la verdad no quería involucrar
y preocupar a mi esposa ni a mis hijos. A veces me detenía a observar lo que
había más allá del límite de los troncos, todo se veía vacio y desierto. Al
levantar la mirada observaba un eterno techo azul que cambiaba a rojo, amarillo
y hasta rosa cuando llegaba el atardecer.Pero lo realmente raro era lo que
estaba más allá del horizonte de mi tierra, más allá del espacio desierto que
seguía al límite de los troncos. Allí, aunque pocas veces pude distinguirlas
debido a su gran tamaño, había algo así como montañas oscuras y tristes,
cubiertas por objetos donde a veces se reflejaba el sol. Todo se veía cubierto por un aire denso y gris, y en el
piso, que sólo pude ver una vez, había una gran mancha con algo muy parecido al
líquido que nace del suelo de mi tierra. Un lugar misterioso y hasta espantoso,
por el que yo sentía gran curiosidad…
No sé cómo explicar esa
sensación que iba creciendo en mí a medida que descubría y conocía ese tipo de
cosas. Era algo que se me iba revelando poco a poco y me hacía sentir cada vez más
pequeño. Quiero decir que de esa manera llegué a la conclusión, de la que estoy
totalmente seguro: Mi mundo, mi tierra, mi hogar, cualquier lugar en que me
encuentre o en donde viva, ¡está vivo! y yo vivo de él. Me fue difícil aceptar
esa verdad con la que ahora empiezo a convivir.
Pero para darme cuenta
de eso, tuve que ver al ser más horrible que podría imaginar. Un gigante
espantoso que logré distinguir en una de mis tardes de observación. Caminando
en medio de los troncos amarillos, me aproximé al límite y lo vi salir en medio
de ese humo que siempre acompañaba la tarde. Se acercaba moviendo sus brazos y
dando voces fuertes. Vestía con diferentes colores todos muy impregnados de
aquel humo.Su rostro era casi negro, pero cuando estuvo lo suficientemente
cerca, levanté la mirada lo más que pude (porque él era mucho mas alto que todo
mi mundo), y detallé un color blanco y algo de azul en sus ojos, que supongo
observaban a donde yo estaba, pues los ruidos que hacía se escuchaban ahora muy
fuertes. A partir de ahí, sentí que mi tierra empezaba a estremecerse
suavemente, y sentí miedo. Luego sentí cómo agarró parte de los troncos y los
sacudió con tal fuerza que pensé que los iba a arrancar de raíz. Al momento del
sacudón, yo caí al suelo. Al levantarme corrí hacia mi casa para poner a salvo a
mi familia. Corrí tan rápido como pude a pesar de los siguientes sacudones que
se hacían más violentos. Afortunadamente mi esposa y mis hijos estaban
refugiados en un bosque contiguo a mi casa. Entré y los abracé a todos, rogando
que esa pesadilla acabara. Unos instantes después, todo estaba en calma de
nuevo pero mi esposa y yo supimos que eso no había sido nada normal; es más,
para mí, fue sorprendente saber que existía un ser enorme y cruel que quería
acabar con mi hogar. Una sorpresa amarga y horrible.
Los días siguientes no fueron mejores. Yo no
hallaba la manera de tranquilizar a mi familia y sobre todo a mi mismo. Me
sentía tan pequeño e inútil que lo único que pude hacer fue estar con mis hijos
y buscar cómo distraerlos mientras mi esposa lloraba sola en algún bosque
cercano. Fueron días difíciles, pero lo peor estaba por venir. Algunos
atardeceres de observación, después, con la noche casi cubriendo todo lo
existente, vi con terror a aquel siniestro ser que se acercaba con evidente
odio hacia donde yo estaba dando gritos mucho más fuertes que la última vez, y
haciendo movimientos extraños y descoordinados. Supe que algo malo pasaría, así
que me reuní con mi esposa y mis pequeños hijos,y corrimos lo más lejos posible
del límite donde yo vi al gigante. Nos abrazamos y aferrados a un tronco
esperamos más sacudones. Pero eso no sucedió. Lo único que todos sentimos fue
un sentimiento que nos decía que en nuestra tierra algo grave había ocurrido. Yo
miraba a todos lados esperando descubrir lo que pasaba. Me sorprendió una gran
ola del líquido que nos alimenta, la cual se llevó a mis hijos mientras mi
esposa y yo subíamos a lo alto de un tronco. Allí lloramos horrorizados y
desesperados, inútiles en todo sentido. Sin poder salvarlos.
El líquido estaba
fluyendo desde el límite donde vi al ser por última vez, entonces basado en mi
conocimiento de la tierra, logré llegar con mi esposa a
otra parte del límite. Estando allí nos tomamos las manos y saltamos fuera de
ese hermoso y tenebroso mundo.
[Imagen tomada de: Derecho de autor : Patrick
Guenette
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EL ALBA DE DÍA DE OCTUBRE
Por Pablo Guerrero
Una mano fría pero cariñosa
acaricia la frente de Laurita interrumpiendo su profundo sueño. - Levántate
Laura, estás apenas de tiempo para llegar al colegio. Dice Amanda con un tono
firme. Silenciosa y distraída, Laurita se levanta y se dirige al único baño de
su casa todavía mojado por la ducha helada y rápida que tomó Genaro, su padre,
que acaba de salir a trabajar. - Aún está oscuro mamá, ¿por qué se fue tan
rápido mi papi? - Ahora tiene de clientes a unos policías que pasan por la
avenida 15 después de su ronda. Son como 10 y le compran hartos tintos y
cigarrillos. Laurita sonrió. Después de vestirse, la niña le ayuda a Amanda a
servir el agua de panela para su desayuno. - ¿A qué hora se levantan Jorge y Víctor?
¿No se van para el colegio conmigo hoy? Preguntó Laurita con una pícara
curiosidad. - Ellos hoy tienen que faltar a la primera hora de clase, van a la
casa de su tía a ayudarle a poner unos costales con arena para que no se le
siga entrando el agua; porque ¡con estos aguaceros! En un rato los despierto.
¡Apúrese Laura que la dejan por
fuera de clase! Laurita se despide de su madre de la misma forma en que lo ha
hecho los últimos ocho años al irse para el colegio: un beso frío y tímido en
la mejilla de Amanda y una rápida señal de la cruz después de cerrar la puerta.
La calle sigue mojada por la intensa lluvia de la noche anterior. Laurita
respira hondo y siente una bonita energía producida por el aire fresco de la
madrugada.
Tiene un largo camino por delante
y piensa en su padre, que debe estar contento por las abundantes compras de los
policías. Laurita es una niña de 14 años que, como es normal, está comenzando a
sentirse atraída por los muchachos de su edad. Diego Monroy, hijo del cantinero
del barrio y compañero de estudio, es su actual pretendiente.
Ella no le es indiferente y a
veces se van juntos para el colegio; sólo cuando a Diego no le toca arrastrar,
levantar y limpiar a su padre borracho, cuando éste, en un arranque de emoción,
decide patrocinar la celebración de algunos compinches y llegar de madrugada a
casa. Años atrás, en una de sus constantes borracheras, Carlos Monroy golpeó
salvajemente a su esposa en la cabeza causándole un grave daño cerebral que la
convirtió en una mujer inútil que pasó a depender del cuidado Diego y su
hermano, un año menor que él, Augusto.
Hoy Diego pretendía caminar las
23 cuadras de camino hasta el colegio con Laurita, y tal vez, aprovechar alguna
oportunidad y sujetar su mano como si fueran novios. Era hora de irse para el
colegio y su padre no había regresado a casa, así que decidió salir a la calle
y dirigirse a la casa de Laurita, pero contó con tan buena suerte que de
inmediato la divisó a lo lejos. La esperó sonrojado mirándola fijamente y
sintiendo que su corazón empezaba a latir más rápido y fuerte a medida que ella
se acercaba.
Estaba tan embobado que no sintió
el golpe que su padre le propinó en la espalda. Cayó al suelo y no se explicó
en qué momento apareció Carlos, borracho y enfurecido. Laurita aterrada corrió
hacia la casa de Diego, quien ahora lloraba de dolor al ser arrastrado del pelo
por su padre hacia el interior de la casa. La niña entró corriendo a la cocina
de la casa donde Carlos laceraba la espalda de Diego con un grueso alambre para
colgar la ropa. La furia del borracho era inexplicable así como sus salvajes
golpes, que dejaron pronto al muchacho inconsciente. Laura lanzó un grito de
espanto al ver a Diego caer sin fuerzas al suelo. Luego corrió a buscar a
Augusto, pero él estaba tratando de esconderse con su madre bajo una cama; ya
sabía lo que su siniestro padre era capaz de hacer.
El despiadado borracho agarró a
Laura del brazo izquierdo, y la sometió rápidamente con una fuerza descomunal.
Carlos sintió una bonita energía cuando aspiró el olor de los cabellos de la
niña. Y sin muestra de humanidad alguna, rasgó y apartó el uniforme de Laura,
dejando desnuda la piel suave, morena y virgen de la desesperada muchacha. La
torturó de forma cruel y sádica, y desgarró su intimidad con violencia; de
manera más desesperada que la más feroz criatura salvaje al cazar una presa
luego de una larga temporada de hambre.
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